"Dios creó la tierra y los
holandeses crearon Holanda". Dicho lo anterior, concluyo dos cosas.
Primero, la habilidad de los
talentosísimos holandeses para lograr tal hazaña de ganarle más del 30% de su
territorio al mar. Segundo, los holandeses no son personas normales, jugaron a
ser más hábiles que la mismísima naturaleza y lo lograron. ¿Habrá sido por la
marihuana y por eso la legalizaron? No sé.
Holanda fue el tercer país que
visité en el viaje que me regalé de graduación, después de Francia y Bélgica. Ámsterdam
fue la tercer ciudad de Holanda a la que fui, después de Rotterdam y La Haya. Todas
ellas muy diferentes. Las primeras dos me parecieron de lo más tranquilas y
ordenadas, la tercera, o sea Ámsterdam, sigo buscándole el mejor adjetivo que
la defina. Este post se lo dedico a ella.
La bandera de la ciudad, las tres equis representan los tres males de la ciudad: 1. la peste 2. el agua 3. el fuego.
Cuando llegás a Ámsterdam por primera vez se te vienen a la
cabeza un montón de cosas. Por tres segundos pensás que estás viendo cosas
salidas de un cuento de hadas, esas casitas tan pintorescas con sus balcones
llenos de flores. Pero tres segundos más
tarde pensás que estás viendo cosas salidas de la imaginación de Philip K. Dick.
Pensás que todo es mentira. Un belga me
comentó que su país era surreal, y estando en Ámsterdam pensé “fijo aquel man
de Bélgica nunca ha venido a Ámsterdam” donde todo lo que ves sí es surreal.
Museo del Sexo de Ámsterdam.
El primer lugar al que llegamos
fue a la Plaza Amstel, resaltando que era un sábado a las 6:00 pm la plaza
estaba atiborrada de gente. Estando allí
me acordé de aquel documento que
leí en mis años de estudiante universitario (Towards a strong urban Renaissance) escrito por
un grupo de arquitectos coordinados nada menos que por Sir Richard Rogers, en
el que destacaban la calidad del entorno urbano de Ámsterdam, porque par a mí hasta ese momento la ciudad me parecía un
caos. Caminando por el centro de la ciudad, aparte ver, ponerle atención a Paula,
mi súper simpática guía del free tour, ir admirando el paisaje, irme “capiando”
miles y miles de bicicletas, algunas
personalizadas, otras más viejas que los dueños, que venían de todas las
direcciones y parecía que todas me iban a ir a dar a mí, además que tenía que andar con el ojo al Cristo
porque desde el lugar menos pensado aparecía el tranvía a toda velocidad
dispuesto a arrastrarme por toda la ciudad y supongo que me moriría. Pero ni modo, tenía que seguir caminando detrás de Paula, para llegar a
no me acuerdo a dónde y a medida avanzaba ese entorno tan caótico me fue
ganando cada vez más y más. No me dí cuenta cuando ya me había enamorado de la
ciudad. Ámsterdam te enamora, pero no es amor a primera vista, ni a segunda, ni
a tercera. Esa gran pero gran admiración que te provoca Ámsterdam viene cuando
la empezás a conocer mejor, cuando la comprendés, y estoy completamente seguro
que cada vez que vuelva a Ámsterdam me va a reconquistar. Recuerdan la hora les
había comentado, eran las 6:00 o sea ya
se acercaba el atardecer y la ciudad en verdad se veía encantadora.
Palacio Real, solo que aquí no vive doña Beatriz, la Reina de los Holandeses.
Estando aun en el centro se hizo de noche y obviamente como buen hondureño si como a deshoras me puede dar empacho o algo peor, mentira, no es cierto. Pues decidimos ir a buscar un lugar decente que la comida no costara más que un diamante Coster y por suerte encontramos un lugar B-B-B “bueno bonito y barato”. Al salir del resaurante, regresamos a la Plaza Amstel, que parecía otra, con esos miles y miles letreros de neón. De lejos vimos que al otro lado de la calle estaba el Monumento a los caidos de la Segunda Guerra Mundial y lo fuimos a ver. Mi abuela siempre me contaba sobre la Segunda Guerra Mundial, me transmitió su afición por ella pero otro día les cuento sobre eso. Volviendo a Ámsterdam, estando en el monumento antes mencionado, notamos el despliegue de luces que iluminaban los vitrales de una iglesia gótica, otra vez, como buen hondureño, curioso por no decir “sampado”, me acerqué a ver más de cerca lo que creía que era, y creo (porque nunca confirmé) era una discoteca, seguimos caminando con mi mamá, rodeando esa iglesia y llegamos a ese lugar que mucha gente te ha contado, que has visto en internet y en la televisión, leído sobre él, pero que por más que te lo imaginés, no te lo imaginás. Hay que ver para creer. Me refiero al “Red light District” o “Barrio Rojo” los escaparates vivientes, no, no, no. Dicen que es el oficio más antiguo del mundo, o sea que también es la necesidad más antigua del mundo, pero en Ámsterdam llega a niveles jamás pensados. Es un poco alucinante la verdad. Ver a esas pobres mujeres sin expresión y sin ropa detrás de esas puertas de vidrio dentro de una pequeña cabina que para ellas debe ser un pequeño y frío infierno. Esperando abrirle la puerta a algún cipote. Repito, fue algo alucinante, ni bueno, ni malo, alucinante, eso. ¿Les había mencionado que andaba con mi mamá? Estando en el hotel hice un recuento de toda mi vida, y creo que ese momento en el “Barrio Rojo” con mi mamá a lado ha sido el más extraño de todos. Sigo sin palabras.
Pero quién se imaginaria
Ámsterdam sin su canales, sin sus dos millones de bicicletas, sin sus vitrinas vivas en ese lugar repleto de luces rojas, sin sus casas
exageradamente angostas, y miles de ellas deformadas, las ventanotas, tan
grandes, tan limpias, tan transparentes, ¡tan sin cortinas!
Ámsterdam es única, es holandesa.
Nada de lo que ya había leído ni visto por internet o tv sobre ella me preparó lo suficiente para no
asombrarme demasiado cuando la ví, en fin, me conquistó y espero visitarla
muchas veces más.
Volviendo a las ventanas sin cortinas de los holandeses, no es que sean así porque tienen una mente
muy abierta, tampoco es que son exhibicionistas que les gusta que la gente que
pasa pueda ver todo lo que hacen y cómo lo hacen, aunque parece que tampoco les molesta porque
no se han tomado la molestia de poner cortinas. La razón de esa transparencia de las viviendas es religiosa, sí, religiosa. El calvinismo, dicho a grosso modo, llamaba a una vida ejemplar, muy decente
y santurrona, sin nada que ocultar. Esto último se controlaba mucho, tanto así
que en la ciudad había un grupo de personas encargadas de merodear las calles y
las casas, las ventanas cerradas con cortinas eran sospechosas, que ocultaban
acciones impúdicas e indecentes sus habitantes, que fijo pensaban que estaban
haciendo cositas o algo peor, y los inspectores estaban obligados a revisar la
casa para ver que sucedía dentro de ellas, cosa que a los habitantes les daba
mucha vergüenza ser acusados de hacer cosas que iban en contra de la moral así que mejor no se arriesgaban y no ponían cortinas, y esta costumbre de no poner cortinas aun persiste. Cosa que a mí me pareció perfecto porque pude observar los interiores de sus casas que me parecieron interesantísimos.
Las
casas de Ámsterdam, construidas así por sus dueños originales que eran medio "pichicatos", porque dependiendo del ancho de la casa así era el impuesto que
debían pagar, o sea que cuanto más angosta era menos impuestos pagaban, por eso es que la
mayoría de las casas tienen al menos tres niveles y son exageradamente
largas hacia el interior.
Además de lo angostas que son las casas, noté que un montón de casas estaban inclinadas,
la guapísima y súper simpática guía (esta mujer lo tiene todo en la vida) del
bote donde dimos un paseo por los canales, nos explicó que se debe al sistema constructivo de las
casas, que aparte que el nivel freático de la ciudad es muy alto (no se olviden
que gran parte de la ciudad está ganada al mar) estaban cimentadas sobre
pilotes de madera que después de doscientos años es normal que cedan ante la
carga de la casa y por eso su inclinación. Pero no se preocupen, los holandeses
son tan "duchos" y hábiles que inyectando concreto al cimiento de la casa logran
estabilizarla, pero no enderezarlas, y sus dueños como buenos holandeses, han
sabido ingeniárselas para vivir cómodamente dentro de esas casas “pandulecas”.
El Mercado de las Flores de Ámsterdam.
El Mercado de las Flores de Ámsterdam. Algo que todavía me sigo preguntando, es porqué no ví un tan solo tulipán en toda Holanda.
El Mercado de las Flores de Ámsterdam.
Los canales
Un sábado por la tarde
NEMO Musem
Biblioteca Nacional
Del Museo de la casa de Ana Frank no hay mucho que mostrar.
Muy interesante, dejas ganas de conocer Amsterdam, un color de anécdotas agradable, y un toque bien "vos"... Muy buena, enhorabuena.
ResponderEliminarEspero sea el primero de muchos muchos post.
Definitivamente Holanda es increíble pero no solo la capital sino que todas las ciudades que conforman Holanda, cada ciudad tiene su propia manera de ser que te deja maravillado por la calidad de gente y por su exuberante belleza.
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